La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta habitual dentro de las empresas, pero su rápida adopción está generando un nuevo desafío para los departamentos de seguridad, cada vez más trabajadores recurren a aplicaciones de IA para redactar documentos, resumir información, traducir textos o analizar datos, pero no siempre lo hacen utilizando herramientas aprobadas por la organización.
Según el ESET SMB Cyber Readiness Index 2026, el 73% de las empresas encuestadas ya está integrando tecnologías de inteligencia artificial en sus operaciones, sin embargo, el 40% todavía no dispone de políticas destinadas a restringir el uso de aplicaciones de IA fuera de los procesos o plataformas autorizados. El problema, por tanto, no reside necesariamente en que las empresas estén utilizando inteligencia artificial, sino en que parte de ese uso puede producirse sin que los responsables de tecnología y seguridad sepan exactamente qué herramientas se utilizan, para qué tareas o qué información se está introduciendo en ellas.
El concepto de Shadow AI hace referencia al uso de herramientas y servicios de inteligencia artificial que no han sido aprobados o incorporados oficialmente por una organización. El fenómeno guarda similitudes con el denominado Shadow IT, pero adquiere nuevas dimensiones con la expansión de los sistemas de IA generativa y los agentes capaces de interactuar con otras aplicaciones.
Un empleado puede recurrir, por ejemplo, a una herramienta pública para resumir un documento interno, analizar una hoja de cálculo, traducir información empresarial o mejorar la redacción de un correo electrónico. Desde el punto de vista del trabajador, puede tratarse simplemente de una forma de ahorrar tiempo, pero para la empresa supone que información corporativa puede estar llegando a un servicio que no ha sido evaluado previamente por sus responsables de seguridad.
La pérdida de visibilidad es uno de los principales problemas. La organización puede desconocer qué servicios están siendo utilizados, qué datos reciben, cómo se procesan o bajo qué condiciones se almacenan, además, muchas herramientas actuales funcionan mediante servicios en la nube y pueden conectarse con otras plataformas. Esto adquiere todavía mayor relevancia con los agentes de IA, capaces de interactuar con archivos, aplicaciones y otros recursos para completar determinadas tareas.
Los datos pueden incluir documentos internos, información financiera, datos de clientes, comunicaciones, código fuente o cualquier otro contenido utilizado habitualmente en el trabajo. Una vez que esa información sale del entorno controlado por la organización, los responsables de seguridad pueden tener más dificultades para determinar dónde se procesa y qué controles se aplican sobre ella.
Josep Albors, responsable de Investigación y Concienciación de ESET España, señala que el objetivo de las empresas no debería ser prohibir el uso de la inteligencia artificial, sino conocer cómo se está utilizando. Desde esta perspectiva, resulta necesario identificar qué herramientas utilizan los empleados, qué información pueden introducir en ellas y qué permisos tienen.
Esta cuestión cobra especial importancia a medida que la IA deja de utilizarse exclusivamente como un asistente para generar texto y comienza a integrarse en procesos empresariales, una herramienta con acceso a documentos o aplicaciones corporativas puede tener una capacidad de actuación muy diferente a la de un chatbot utilizado únicamente para responder preguntas.
La expansión de los agentes de inteligencia artificial introduce una nueva dimensión en este problema, estas herramientas pueden estar diseñadas para realizar acciones de forma autónoma o semiautónoma, conectándose a diferentes servicios y recursos para completar una tarea. En consecuencia, una empresa ya no solo necesita preguntarse qué aplicación de IA está utilizando un empleado, sino también a qué sistemas tiene acceso esa aplicación.
Los permisos adquieren así una importancia fundamental, un agente conectado a un servicio de almacenamiento, una plataforma de gestión empresarial o una herramienta de comunicación podría interactuar con información corporativa que el usuario no necesariamente tiene previsto compartir con un sistema de IA. ESET considera que las organizaciones deberían revisar periódicamente los permisos concedidos a estas herramientas y supervisar su actividad, el objetivo es evitar que la incorporación rápida de nuevas soluciones de IA genere conexiones que posteriormente queden fuera del control del departamento de TI.
La expansión del Shadow AI no solo afecta a las empresas que utilizan estas herramientas, sino también a los partners tecnológicos encargados de ayudarlas a gestionar sus infraestructuras. David Sánchez, director de Canal de ESET España, señala que la llegada de la IA está modificando las necesidades de seguridad de las compañías, para los partners, esto implica acompañar a sus clientes no únicamente en la selección de herramientas, sino también en la definición de reglas sobre cómo utilizarlas y qué información puede compartirse.
En este escenario, la seguridad deja de consistir únicamente en proteger los dispositivos y las redes tradicionales, también debe contemplar las aplicaciones de inteligencia artificial que forman parte del entorno de trabajo y las conexiones que estas establecen con los sistemas corporativos. La situación resulta especialmente relevante para las pequeñas y medianas empresas, que pueden contar con menos recursos para identificar todas las herramientas que sus empleados utilizan de manera independiente.
Para reducir la exposición asociada a este fenómeno, ESET recomienda comenzar por establecer una política clara sobre el uso de inteligencia artificial dentro de la organización. Esta política debería determinar qué herramientas están autorizadas y bajo qué condiciones pueden utilizarse, también resulta necesario establecer límites sobre la información que puede introducirse en servicios públicos de IA. No toda la información corporativa tiene el mismo nivel de sensibilidad y los empleados deben conocer qué datos pueden compartir y cuáles deben permanecer dentro de los sistemas controlados por la empresa.
La formación adquiere, por tanto, un papel importante, los trabajadores necesitan conocer no solo las ventajas de estas herramientas, sino también las consecuencias que puede tener introducir información sensible en una aplicación que no ha sido aprobada. Por último, la compañía recomienda revisar periódicamente los permisos concedidos a herramientas y agentes de IA conectados a recursos corporativos, además de supervisar su actividad.