La Generación Z recibe buena parte de la actualidad a través de un flujo constante de vídeos, noticias, memes, recomendaciones algorítmicas y publicaciones de creadores de contenido. Sin embargo, esta dependencia de las redes sociales no se traduce necesariamente en confianza. Un estudio internacional liderado por la Universidad Francisco de Vitoria (UFV) muestra precisamente esta contradicción: los jóvenes utilizan las redes sociales como una de sus principales vías para acceder a la información, pero consideran que los medios tradicionales son más fiables.
El estudio internacional Paradoxes in Generation Z’s Media Consumption and Fake News Perception, publicado en Comunicação e Sociedade y firmado por Ana Pérez-Escoda, investigadora de la Universidad Francisco de Vitoria, junto a Cristina Ruiz-Poveda, de la Universidad Complutense de Madrid, analiza los hábitos informativos de 405 universitarios de España, Estados Unidos y Portugal.
Según sus resultados, el 75% de los estudiantes encuestados utiliza las redes sociales para informarse, convirtiéndolas en el principal canal informativo de esta generación, por detrás aparecen las páginas web, utilizadas por el 64%; la prensa digital, con un 47%; y la televisión, con un 37%. El consumo informativo de los jóvenes se produce además dentro de un entorno en el que las noticias conviven constantemente con otros tipos de contenido, humor, memes, música, entretenimiento, vídeos y recomendaciones del algoritmo comparten espacio con la actualidad, haciendo que la información aparezca integrada en el mismo flujo que el resto de contenidos.
La diferencia respecto a los medios tradicionales es precisamente esa, la noticia ya no siempre se busca de forma deliberada, sino que aparece mientras el usuario navega por la plataforma. Los canales que más utilizan son también los que menos confianza generan, la principal paradoja aparece cuando se comparan los datos de uso con los de confianza, las redes sociales y las páginas web, que son los canales más utilizados para informarse, se encuentran también entre los que menos credibilidad generan entre los jóvenes encuestados.
Por el contrario, los medios tradicionales reciben mayores niveles de confianza pese a ocupar un espacio menor dentro de la dieta informativa diaria de la Generación Z, el estudio plantea así una situación diferente a la idea de que los jóvenes confían ciegamente en las plataformas digitales. Los universitarios recurren a las redes sociales porque son rápidas, accesibles y forman parte de su vida cotidiana, pero al mismo tiempo mantienen dudas sobre la fiabilidad de la información que encuentran en ellas, en otras palabras, se informan allí donde también desconfían.
La relación entre consumo de información y desinformación introduce otra preocupación. Tres de cada diez jóvenes participantes aseguran que nunca reciben noticias falsas, mientras que otros tres de cada diez afirman que casi nunca se encuentran con ellas; solo dos de cada diez reconocen recibirlas a menudo o siempre. Los investigadores plantean dos posibles interpretaciones. Por un lado, estos resultados podrían indicar que las iniciativas destinadas a combatir la desinformación están teniendo efecto y, por otro, también existe la posibilidad de que algunos jóvenes sobreestimen su capacidad para identificar contenidos falsos.
La cuestión se vuelve especialmente relevante al analizar las estrategias de verificación, en otra investigación centrada en menores de entre 12 y 17 años y docentes, con 1.186 estudiantes y 166 profesores, se observa que el conocimiento del concepto de noticia falsa es elevado, pero el uso de herramientas de comprobación es considerablemente menor. Las estrategias de verificación son utilizadas por el 56% de los profesores y el 43,7% de los estudiantes, además, alrededor de tres de cada diez participantes de ambos grupos reconocen que podrían haber compartido alguna noticia falsa sin darse cuenta.
Los investigadores también ponen el foco en el papel de los algoritmos, el estudio Taking on Social Media as New Gatekeepers among Young People, en el que participan Pérez-Escoda y Luis Miguel Pedrero-Esteban, analiza cómo las redes sociales funcionan como nuevos “guardianes de paso” de la información. Durante décadas, esa función estuvo principalmente en manos de periodistas, editores y medios de comunicación, ahora, las plataformas, los algoritmos, los creadores de contenido, los influencers, los contactos personales y las dinámicas de viralización también determinan qué contenidos consiguen mayor visibilidad.
Esto cambia la manera en la que los jóvenes acceden a las noticias, el usuario no necesariamente decide qué información quiere consumir, sino que buena parte de ella es seleccionada y presentada automáticamente por la plataforma. La investigación, realizada con 508 universitarios de España, Colombia y Costa Rica, encuentra patrones similares entre los distintos países y apunta a una creciente centralidad de las redes sociales como espacios informativos para los jóvenes.
Ante este escenario, los investigadores destacan la importancia de reforzar la alfabetización mediática, no se trata únicamente de enseñar a los jóvenes qué es una noticia falsa, sino de proporcionarles herramientas para evaluar la información que reciben constantemente. Entre las habilidades necesarias se encuentran distinguir los datos de las opiniones, rastrear las fuentes originales, reconocer formatos diseñados para persuadir, comprender por qué determinados contenidos se viralizan y detectar cuándo una reacción emocional puede llevar a compartir información antes de comprobarla.
La investigación también apunta a que esta formación debe desarrollarse en los mismos entornos donde los jóvenes consumen información, el proyecto europeo WISE-ME, por ejemplo, trabaja en el uso de las redes sociales como herramienta para abordar las noticias falsas y la desinformación dentro del aula. El cambio en los hábitos informativos también plantea un desafío para los medios tradicionales, una parte de la Generación Z ya no accede a la actualidad principalmente a través de una portada, un periódico, un boletín o un informativo de televisión.
Al mismo tiempo, los jóvenes siguen considerando más fiables a los medios tradicionales, lo que abre una oportunidad para recuperar su atención y confianza, el desafío está en adaptar los formatos y las vías de distribución a los hábitos de esta generación sin renunciar al rigor, la contextualización y la verificación. Los diferentes estudios apuntan así a una generación permanentemente conectada, pero que necesita mejores herramientas para interpretar el enorme volumen de información que recibe.