En una conversación de algo más de media hora con Larry Fink, consejero delegado de BlackRock, Musk ha desplegado su ya conocido repertorio de visiones grandilocuentes sobre el futuro tecnológico, aunque esta vez con un tono más directo y menos defensivo. El magnate, actualmente el hombre más rico del planeta, ha situado la inteligencia artificial como el eje central de una transformación histórica que, en su opinión, se producirá mucho antes de lo que gobiernos, empresas y reguladores están preparados para asumir.
Desde el inicio, Musk ha dejado clara la línea argumental que une a todas sus compañías: maximizar las probabilidades de que la civilización tenga un “gran futuro” y expandir la conciencia humana más allá de la Tierra. Davos, paradójicamente, se ha convertido en el escaparate perfecto para ese mensaje, pese a haber sido durante años objeto de sus críticas.
El core de la intervención ha girado en torno a la inteligencia artificial y su velocidad de avance. Musk ha asegurado que, al ritmo actual, la IA podría superar la inteligencia de cualquier ser humano “a finales de este año o, como muy tarde, el próximo”. Más allá de ese umbral, ha elevado el listón al afirmar que en un plazo de cinco años los sistemas de IA serán “más inteligentes que toda la humanidad junta”.
Estas previsiones no son nuevas en su discurso, pero sí lo es el contexto. Musk fue uno de los firmantes, en marzo de 2023, de una carta abierta que pedía pausar durante seis meses el desarrollo de sistemas avanzados de IA por los riesgos que entrañaban. Apenas cuatro meses después, lanzaba xAI, su propia compañía de inteligencia artificial. En Davos, esa aparente contradicción ha quedado diluida en una narrativa más pragmática: el avance es inevitable y la cuestión clave es quién lo lidera y con qué objetivos.
El empresario ha descrito los futuros modelos de IA como “cognición concentrada”, capaces de agrupar en centros de datos una inteligencia equivalente a la de millones de personas altamente cualificadas. Esa capacidad, advierte, tendrá implicaciones económicas, sociales y geopolíticas profundas. Para Musk, la historia no gira ya en torno a si la IA será transformadora, sino a la velocidad con la que lo hará.
La robótica ha aparecido como el complemento natural de la IA en esa visión de abundancia. Musk ha defendido que la combinación de ambas tecnologías permitirá elevar drásticamente la productividad y ofrecer niveles de vida elevados a escala global. En ese escenario, ha anticipado un mundo con más robots que personas, integrados en tareas industriales, de servicios y de cuidados.
Como ejemplo tangible, ha citado Optimus, el robot humanoide de Tesla, que ya realiza tareas básicas en fábricas de la compañía. Según Musk, la venta al público podría comenzar a finales de 2027, una fecha que vuelve a adelantar respecto a promesas anteriores. En su discurso, los robots aparecen como la base de una economía de “abundancia alucinante”, en lugar de una amenaza laboral.
Sin embargo, el propio Musk ha reconocido un obstáculo clave: la energía. El consumo energético de la IA y de los centros de datos se perfila como uno de los grandes cuellos de botella del sector. Frente a ello, ha defendido una apuesta masiva por la energía solar, tanto en la Tierra como en el espacio. En esta línea, ha mencionado a España asegurando que “zonas relativamente poco pobladas de, por ejemplo, España y Sicilia, podrían generar toda la electricidad que necesita Europa" y que el espacio ofrece una fuente prácticamente inagotable gracias a la radiación solar constante.
En este punto, ha enlazado con SpaceX y su objetivo de lograr la reutilización total de cohetes con Starship. De alcanzarse, el coste de acceso al espacio podría reducirse hasta cien veces, abriendo la puerta a nuevos modelos energéticos, industriales y tecnológicos.