Tras un 2025 de pánico colectivo, con la inteligencia artificial ocupando titulares, presentaciones y discursos de directivos que no sabían muy bien qué estaban vendiendo, el sector tecnológico ha arrancado el año sin pulso. No es paz. Es estasis.
Durante doce meses nos prometieron la luna. La IA iba a reinventar el sistema operativo, jubilar profesiones enteras y devolver la magia a una industria que llevaba años repitiéndose. El resultado, visto con perspectiva, es bastante más prosaico: facturas de suscripción cada vez más caras, deepfakes más convincentes y asistentes que siguen fallando en tareas básicas mientras presumen de ser “copilotos”. El famoso efecto wow no se ha desvanecido por casualidad. Se ha agotado por abuso.
El problema no es que la tecnología no avance. El problema es que dejó de emocionar. Enero de 2026 ha confirmado algo que muchos intuían y pocos querían decir en voz alta: la industria se ha quedado sin relato. Y cuando no hay relato, solo queda el ruido… o el silencio. Y ahora mismo lo que domina es lo segundo.
Si 2025 fue el año de la promesa, 2026 ha empezado siendo el de la ejecución. Y la ejecución, en este caso, no tiene nada de épica. En apenas unas semanas, Amazon ha anunciado el despido de 16.000 empleados y ASML, la gran joya tecnológica europea, ha recortado 1.700 puestos pese a firmar beneficios récord. No es una contradicción. Es el nuevo manual de estilo del sector: resultados históricos acompañados de recortes históricos. La eficiencia como excusa permanente.
Mientras tanto, NVIDIA celebra asentarse como la empresa más valiosa del planeta, rozando los 4,66 billones de dólares de capitalización. Nunca una compañía había valido tanto vendiendo algo tan poco tangible para el ciudadano medio. La paradoja es brutal: el rey del momento no fabrica nada que puedas tocar. Fabrica la infraestructura que permite a otros prometer cosas que todavía no saben cumplir.
"El sector ha decidido que es mejor invertir en agentes de IA que, por ahora, apenas saben resumir correos, que en talento humano que podría cuestionar hacia dónde se está yendo"
El mensaje es claro y poco elegante: sobran personas, faltan GPUs. El sector ha decidido que es mejor invertir en agentes de IA que, por ahora, apenas saben resumir correos, que en talento humano que podría cuestionar hacia dónde se está yendo. La ironía es casi cruel. La inteligencia artificial, que venía a liberar tiempo y creatividad, se ha convertido en la herramienta perfecta para justificar despidos masivos con una sonrisa corporativa.
Y todo esto ocurre mientras el B2B entra en modo auditoría. Se acabó la fiesta del dinero fácil. Se acabaron los proyectos de IA financiados a base de powerpoints y promesas. Ahora la pregunta incómoda resuena en las salas de juntas: ¿dónde está el retorno de inversión? El silencio que envuelve al sector profesional no es una prudencia estratégica, es el miedo a admitir que se han gastado millones en software que no resuelve problemas reales.
El sorpasso de NVIDIA sobre Apple no es solo un dato bursátil. Es un cambio de era. Por primera vez en décadas, el centro de gravedad de la industria tecnológica ya no está en el dispositivo que llevas en el bolsillo, sino en el servidor que nunca verás, porque sí, su gran foco está en las GPUs para los centros de datos. Y ese desplazamiento explica muchas cosas.
Apple llevaba años estirando el chicle del hardware de consumo con una habilidad admirable, pero incluso el mejor chicle termina rompiéndose, sobre todo cuando tus promesas de la IA se caen por su propio peso y tienes que recurrir a tu gran rival, Google. Procesadores un poco más rápidos, cámaras con más megapíxeles, materiales “premium” para justificar precios cada vez menos justificables. El usuario ha dejado de emocionarse. No porque sea ingrato, sino porque ya no hay sorpresa. La innovación incremental se ha vuelto aburrida.
"El dinero, la ambición y la innovación están en otro sitio: a los centros de datos, a la nube, al B2B"
El CES 2026 ha sido la puesta en escena perfecta de este agotamiento. Llegamos a Las Vegas esperando el futuro y nos encontramos con aspiradoras robot “con IA” que pueden subir escaleras, electrodomésticos ligeramente más listos y gadgets de nicho que no justifican una revolución. El silencio de las grandes en el mercado de consumo fue ensordecedor. Nada. El dinero, la ambición y la innovación están en otro sitio: a los centros de datos, a la nube, al B2B.
En ese contexto, hay marcas que funcionan como termómetro del momento. OnePlus es una de ellas. En 2025 cerró el año con una caída de envíos superior al 20%, canceló lanzamientos y redujo estructura en varios mercados europeos. Todo ello mientras perdía autonomía estratégica bajo el control directo de Oppo. No ha habido grandes comunicados ni explicaciones detalladas, salvo confirmar que no van a echar el cierre, pero está claro que los tiempos de liderazgo en innovación, que impulsaba con fuerza Carl Pei (ahora liderando Nothing) en su momento, han quedado atrás.
El mensaje implícito es demoledor: el consumidor ya no importa tanto. O, al menos, no importa lo suficiente como para arriesgar. La industria ha preferido alimentar la bestia del procesamiento de datos antes que volver a ilusionar a quien compra dispositivos año tras año. Y cuando eso ocurre, el mercado entra en una especie de hibernación emocional de la que cuesta salir.
Como si todo lo anterior no fuera suficiente, Europa ha decidido que 2026 sea también el año de la ansiedad regulatoria. La entrada en su fase crítica de la Ley de IA europea ha puesto a las empresas en modo pánico. Bruselas audita, los abogados mandan y los ingenieros esperan instrucciones. Todo el mundo pendiente de ver qué ocurre con el omnibus de IA y si el marco normativo entra en vigor tal y como (y cuando) está planteado.
El resultado es previsible: creatividad congelada. 2026 no ha arrancado como el año de crear, sino como el año de revisar, documentar y justificar por qué tu algoritmo no alucina demasiado. No se lanzan ideas, se rellenan formularios. No se arriesga, se cubren espaldas. La innovación, una vez más, se queda atrapada entre el miedo a quedarse fuera y el miedo a ser sancionado.
"Cuando una industria deja de equivocarse, deja también de avanzar"
Este contexto explica, en buena medida, el gran bostezo tecnológico que estamos viviendo. No hay anuncios porque no hay certezas. No hay grandes lanzamientos porque nadie quiere equivocarse. Y cuando una industria deja de equivocarse, deja también de avanzar.
El silencio de este enero no es el preludio de una tormenta creativa. Es la constatación de que el sector ha llegado a un punto incómodo: ya no basta con prometer, ya no basta con correr, ya no basta con añadir “IA” a cualquier producto. Se ha acabado el humo. Nos hemos quedado con las cenizas de un progreso que confundió velocidad con avance y expectativas con realidad.
Quizá 2026 sea recordado como el año en que la tecnología dejó de mirarse al espejo convencida de su genialidad y empezó a preguntarse, por primera vez en mucho tiempo, si todavía tenía algo interesante que decir. Tal vez descubramos que el rey estaba desnudo. Y que, para colmo, tampoco tenía conexión 6G.