Siempre me ha llamado la atención lo fácil que resulta encontrar excusas para justificar desigualdades. Una de mis favoritas, favorita por absurda, es la que insiste en que las mujeres estamos “biológicamente menos capacitadas” para la ciencia. Curioso: no existe ni una sola evidencia científica que lo respalde. Ninguna.
Las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres existen, sí, pero son mínimas y no determinan nuestras habilidades cognitivas. Aun así, el mito sigue ahí: cómodo, disponible, listo para usarse cuando no queremos mirar a los verdaderos responsables (los estereotipos, los sesgos y la falta de referentes). Porque, recordémoslo con claridad, el talento no tiene género.
Y mientras seguimos desmontando falacias, la realidad avanza más despacio de lo que debería. Menos del 30% de las personas investigadoras en el mundo son mujeres y, en STEM, la cifra desciende aún más. No es un problema de capacidad; es un problema de acceso, de estructura y de mirada. A veces nos obsesionamos con contar cuántas somos y olvidamos preguntarnos cuánto pierde la ciencia cuando no estamos.
¿Se puede innovar sin diversidad? ¿Se puede ser creativo, empático y riguroso sin ampliar la óptica? La respuesta es sencilla: no. La diversidad no es un gesto de equidad; es una condición para avanzar.
Las cifras del informe Científicas en Cifras 2023 son tan reveladoras como incómodas: aunque el 50,3% del alumnado de doctorado son mujeres, solo el 25,6% alcanza la cátedra, y apenas una de cada cinco rectoras es mujer. El camino se estrecha justo cuando empieza a importar más quién decide y quién lidera. Algo similar ocurre en el ámbito laboral: ellas ganan menos en 74 de los 92 campos de estudio analizados, con más contratos a tiempo parcial y menos estabilidad, incluso cuando son mayoría. No hablamos de talento: hablamos de estructuras que siguen penalizando.
Las convocatorias Marie Skłodowska-Curie Fellowships llevan una década con más del 40% de participación femenina y con una tasa de éxito superior a la de los hombres
Y, sin embargo, hay señales de que algo está cambiando. En Europa, las convocatorias de excelencia empiezan a reflejarlo: este año, el 44% de las Starting Grants fueron concedidas a investigadoras. Las Marie Skłodowska-Curie Fellowships llevan una década con más del 40% de participación femenina y con una tasa de éxito superior a la de los hombres. Cuando se abren puertas, las mujeres no solo entran: destacan. Pero los cambios no se sostienen solos: necesitan esfuerzo, políticas públicas y, sobre todo, referentes.
Y aquí es donde entra Margarita Bly. En un ecosistema en el que a las niñas se les sigue diciendo qué pueden ser “según su género”, iniciativas como Margarita Bly suponen un punto de inflexión. No solo porque visibilizan historias de científicas, sino porque muestran caminos posibles, reales y cercanos: mentoría, talleres de liderazgo y espacios de apoyo. Una red que dice: “No estás sola. El camino es tuyo. Adelante”.
Y funciona. Porque cuando una niña reconoce su reflejo en una científica, deja de verla como una excepción para empezar a verla como una opción.
La educación y la ciencia tienen un poder transformador inmenso. Cada mujer que entra en STEM no solo aporta conocimiento: aporta a la sociedad, a su innovación y a su justicia. Por eso necesitamos más niñas preguntando, explorando, equivocándose y volviendo a intentarlo. Necesitamos estructuras que acompañen, no que frenen.
Solo el 33% de las personas investigadoras son mujeres
No es una batalla de cuotas. Es una batalla de futuro. Y aunque la UNESCO nos recuerde que solo el 33 % de las personas investigadoras son mujeres, prefiero mirar hacia quienes etán cambiando esa cifra, hacia quienes abren camino, hacia quienes inspiran. Porque, al final, la pregunta no es si las mujeres pueden dedicarse a la ciencia; la verdadera pregunta es: ¿cuánto pierde el mundo cuando no las dejamos?
Autora: Nuria San Servando Hernández, Miembro del Consejo Asesor de Ciencia, Tecnología e Innovación y socia Margarita Bly