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Cajas, falsas promesas y realidades alternativas: arranca el nuevo curso
(Foto: Alfonso de Castañeda)

Cajas, falsas promesas y realidades alternativas: arranca el nuevo curso

lunes 07 de septiembre de 2026, 09:00h

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El curso tecnológico no empieza el 1 de septiembre; empieza cuando te tropiezas con la primera caja de cartón en el Messe de Berlin mientras los operarios apuntalan a toda prisa un estand con olor a pintura fresca.

Berlín en IFA es el gran escenario del atrezo tecnológico B2C: una gigantesca escenografía donde durante semanas se ensamblan montajes metálicos para acoger productos que, en muchos casos, vienen metidos en otra caja, esta de metacrilato o con fotolito de marketing, diseñados para intentar convencernos que la rueda sigue girando.

"El problema es cuando confundimos movimiento con avance, porque el sector tecnológico lleva años perfeccionando una extraordinaria capacidad para conseguir que cualquier mejora incremental parezca el principio de una nueva era"

Llegan los nuevos iPhone, entre ellos el primer plegable; la artillería democratizadora de la serie Redmi Note de Xiaomi y la propuesta de Samsung con su Galaxy S26 FE; el despliegue de diseño y métricas con el que Huawei vuelve a reclamar el trono de la salud en la muñeca; y una gran riada de dispositivos presentados en IFA que nos prometen que este año sí, que la tecnología va a transformarlo todo. Sin embargo, cuando levantas la tapa de esas cajas, lo que encuentras tiene bastante menos de revolución y mucho más de una industria que necesita renovar escaparates, mantener calendarios y convencernos que aquello que compramos hace doce meses ha envejecido lo suficiente como para volver a pasar por caja.

No es necesariamente malo. El problema es cuando confundimos movimiento con avance, porque el sector tecnológico lleva años perfeccionando una extraordinaria capacidad para conseguir que cualquier mejora incremental parezca el principio de una nueva era. Una cámara ligeramente mejor, una batería algo más grande, un algoritmo que retoca una fotografía con mayor acierto o un electrodoméstico que automatiza una tarea adicional son avances reales, pero alrededor de ellos se construye una liturgia cada vez más exagerada en la que la robotización gana peso, apoyándose en gigantes chinos que están entrando en nuestras casas, desde el robot de limpieza hasta el que nos limpia las ventanas, la piscina o nos corta el césped del jardín. Berlín sirve estos días para verlo en su máxima expresión: kilómetros de pabellones, toneladas de cartón y millones de euros invertidos en demostrar que todo ha cambiado, aunque buena parte de lo que hay dentro se parezca sospechosamente a lo que vimos el año pasado.

De la caja al atril

A unos 1.600 kilómetros de allí, el envoltorio cambia. En Santander no hay cajas apiladas ni televisores gigantes esperando a que alguien retire el plástico protector. Hay trajes, corbatas, mesas redondas y una de las citas que tradicionalmente marca el comienzo del curso tecnológico español. El 40º Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC vuelve a reunir estos días a empresas y administraciones alrededor de conceptos que conocemos bastante bien: soberanía digital, competitividad, autonomía estratégica, reindustrialización, inteligencia artificial, fondos europeos...

"Europa continúa diagnosticando con una precisión extraordinaria problemas que después parece incapaz de resolver con la misma determinación"

Y aquí empieza otra ceremonia que quienes llevamos años cubriendo el sector conocemos casi de memoria. Cambian los ministros, cambian algunos presidentes, se actualizan las presentaciones y aparecen nuevas palabras de moda, pero Europa continúa diagnosticando con una precisión extraordinaria problemas que después parece incapaz de resolver con la misma determinación. Sabemos que dependemos tecnológicamente de Estados Unidos y Asia, sabemos que necesitamos más inversión, sabemos que la fragmentación regulatoria resta competitividad y sabemos que buena parte de las infraestructuras críticas sobre las que estamos construyendo nuestra economía pertenecen o dependen de compañías extranjeras, y lo sabemos desde hace años.

Aunque, entre tanto discurso conocido y tanta liturgia institucional, Santander me ha dejado este año un momento que difícilmente voy a olvidar. AMETIC quiso aprovechar su 40º aniversario para homenajear a la prensa y reconocer a varios periodistas, medios y agencias que llevan décadas contando esta industria. Entre ellos estaba Pilar Bernat (reconocida por su trayectoria profesional), fundadora de esta revista y, en mi caso, muchísimo más: después de más de once años trabajando a su lado, una mentora y, en muchos sentidos, a mi madre profesional. Me tocó recoger el reconocimiento en su nombre y fue imposible no sentir orgullo por ella, pero también por una prensa tecnológica española que lleva décadas preguntando, explicando y, cuando toca, incomodando. Aquella noche, al menos, el aplauso sonó ligeramente más real.

Recogiendo el galardón en nombre de Pilar Bernat, junto a Francisco Hortigüela (AMETIC) y Álvaro Lavín (Santander)

Por eso empieza a ser difícil emocionarse cuando desde un atril vuelve a anunciarse que esta vez Europa sí alcanzará la soberanía tecnológica. La expresión queda estupendamente en una pantalla gigante y todavía mejor en una nota de prensa institucional, aunque después compramos los chips fuera, entrenamos la inteligencia artificial sobre infraestructura estadounidense, dependemos de plataformas estadounidenses para distribuir software y miramos hacia Asia cada vez que necesitamos fabricar prácticamente cualquier dispositivo electrónico a escala. Quizá el problema no sea que falten estrategias, sino que empiezan a sobrar PowerPoints.

La comparación con Berlín es inevitable. En IFA se construye una caja alrededor de un producto para hacerlo parecer más nuevo, más deseable y revolucionario. En Santander hacemos algo parecido con la política tecnológica: envolvemos problemas viejos con conceptos nuevos y confiamos en que el embalaje aguante hasta el siguiente encuentro. Mientras tanto, las compañías tienen que competir, invertir y tomar decisiones en un mercado que no concede prórrogas hasta que Bruselas termine de redactar el próximo reglamento.

El mundo que no cabe en la keynote

Sin embargo, lo más incómodo de este comienzo de curso lo vemos al levantar la mirada de los estands y los atriles, porque mientras nosotros discutimos sobre la próxima generación de inteligencia artificial, la autonomía estratégica europea o el dispositivo que pretende reinventar nuestra vida cotidiana, fuera de esta pequeña burbuja tecnológica el mundo parece empeñado en recordarnos que existen problemas bastante menos fáciles de empaquetar.

Basta mirar hacia Ceuta, donde la invasión migratoria vuelve a poner rostro humano a una realidad que ninguna aplicación puede reducir a una métrica cómoda; basta abrir cualquier red social para comprobar cómo las mismas plataformas que hace años prometían conectarnos han encontrado en la crispación, la polarización y el enfrentamiento una maquinaria extraordinariamente rentable; y basta observar el tablero internacional para descubrir que detrás de palabras aparentemente técnicas como chips, tierras raras, centros de datos, cables submarinos o cadenas de suministro se libra una disputa por el poder bastante más vieja que cualquiera de las tecnologías que protagonizan nuestros congresos.

"Podemos fabricar modelos capaces de procesar millones de variables en segundos, pero seguimos sin encontrar un algoritmo que resuelva aquello que exige algo bastante menos sofisticado"

Ahí aparece quizá la gran contradicción de este sector. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comprender lo que ocurre y, al mismo tiempo, parece que nunca habíamos construido tantas capas para evitar mirar directamente la realidad. La tecnología clasifica, recomienda, predice y resume mientras nosotros seguimos enfrentándonos a guerras, fronteras, desigualdades y conflictos políticos que se resisten obstinadamente a caber en un dashboard. Podemos fabricar modelos capaces de procesar millones de variables en segundos, pero seguimos sin encontrar un algoritmo que resuelva aquello que exige algo bastante menos sofisticado: decisiones, responsabilidad y voluntad política.

Y quizá por eso este septiembre me interesa bastante menos saber qué dispositivo será el gran triunfador de IFA o qué expresión dominará los discursos institucionales durante los próximos doce meses. Después de tantos cursos tecnológicos, uno aprende que las novedades verdaderamente importantes rara vez vienen dentro de la caja que más brilla y que las promesas más solemnes suelen necesitar algo más que un atril para convertirse en realidad.

Dentro de unos días desaparecerán las cajas del Messe Berlin y los operarios desmontarán los estands, Santander ya recupera su rutina y nosotros seguiremos escribiendo sobre nuevos iPhone, inteligencia artificial, soberanía digital y todas esas tecnologías que, para bien y para mal, están cambiando muchas cosas. Pero convendría empezar este nuevo curso recordando algo bastante menos cómodo: el futuro que importa no se construye dentro de un pabellón ni cabe en una nota de prensa. Y por mucho cuidado que pongamos en cerrar la caja, tarde o temprano siempre toca salir fuera y enfrentarse a lo que dejamos detrás del embalaje.

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