Durante décadas, la industria tecnológica construyó buena parte de su imperio sobre una capacidad fascinante: anticipar el deseo cultural antes de que el propio usuario supiera que lo tenía.
Think Different, el iMac translúcido y el iPod con sus auriculares blancos; el Nokia 3310 y sus carcasas intercambiables; la BlackBerry que convirtió el teclado QWERTY en símbolo de estatus o el Motorola Razr que hizo del teléfono un accesorio de moda no eran simples campañas publicitarias ni ejercicios de diseño industrial. Eran productos capaces de escapar de las páginas de tecnología para instalarse en la cultura popular. La tecnología no acompañaba a la cultura, muchas veces la creaba.
Por eso es tan extraño observar lo que está pasando ahora. Nunca los grandes fabricantes habían sabido tanto de nosotros y, probablemente, nunca habían tenido tantas herramientas para anticipar nuestro comportamiento. Saben cuánto dormimos, qué escuchamos, qué compramos, cuánto tiempo pasamos delante de una pantalla y hasta qué fotografías hacemos. Sin embargo, mientras sus departamentos de innovación acumulan inteligencia artificial, sensores, pantallas y nuevas categorías de producto, una parte de la cultura popular empieza a caminar exactamente en la dirección contraria.
Las cámaras compactas de hace quince o veinte años han regresado a bolsos y bolsillos, los auriculares con cable vuelven a verse por la calle, los viejos iPod se han convertido en objetos deseados y los dumbphones encuentran compradores entre una generación que creció con el smartphone.
Es tentador despacharlo como otra moda nostálgica alimentada por TikTok e incluso sería cómodo, aunque probablemente volveríamos a cometer el mismo error: mirar el fenómeno desde la tecnología y olvidarnos de observar qué está diciendo sobre quienes la utilizan, porque quizá el problema no esté en que los jóvenes (algo más que quien firma estas líneas) hayan desarrollado una extraña fascinación por la tecnología “vieja”. Quizá sea la tecnología nueva la que ha perdido parte de su capacidad para convertirse en cultura.
Cuando todo tiene que hacer de todo
La industria parece haber llegado a la conclusión de que innovar consiste fundamentalmente en añadir. Si podemos medir algo, habrá que medirlo; si podemos automatizarlo, habrá que automatizarlo; si cabe otro sensor, habrá que encontrar una razón para colocarlo y, si una inteligencia artificial puede intervenir entre el usuario y cualquier tarea cotidiana, alguien terminará metiéndola ahí.
El resultado son teléfonos cada vez más caros y grandes, relojes capaces de monitorizar decenas de variables corporales, anillos que vigilan cómo dormimos, gafas que pueden registrar aquello que vemos y una creciente colección de dispositivos empeñados en escuchar, interpretar, clasificar y resumir nuestra vida. La lógica técnica es impecable, pero la cultural empieza a ser bastante más discutible.
Hace unos años, sacar un nuevo gadget en una mesa despertaba curiosidad. Ahora determinados dispositivos provocan una pregunta bastante menos halagadora: “¿Eso me está grabando?”.
Apple, Samsung, Google y los grandes fabricantes asiáticos llevan demasiado tiempo observándose entre ellos. Uno incorpora una función de inteligencia artificial y los demás necesitan la suya; aparece una categoría de producto y comienza inmediatamente la carrera por ocuparla; alguien cambia un formato y en pocos meses empiezan a aparecer interpretaciones prácticamente idénticas. Una industria que construyó algunos de sus mayores éxitos rompiendo convenciones corre ahora el riesgo de convertir la innovación en una conversación cerrada entre competidores. Y fuera de esa conversación están ocurriendo cosas bastante más interesantes.
El regreso de las limitaciones
Una cámara compacta de 2008 hace fotografías técnicamente inferiores a las de cualquier smartphone actual. Un iPod obliga a descargar música, organizarla y decidir qué canciones quieres llevar contigo. Los auriculares con cable se enganchan a la ropa. Un dumbphone elimina de golpe buena parte de las comodidades que llevamos quince años incorporando al teléfono. Si aplicamos la lógica con la que la industria ha construido el progreso tecnológico durante las últimas décadas, ninguno de esos productos debería resultar atractivo y precisamente ahí está la pista.
Todos ofrecen algo que empieza a escasear: límites. La cámara sirve para hacer fotografías y no interrumpe con un mensaje de WhatsApp cuando estás encuadrando. El reproductor contiene la música que uno ha decidido meter dentro, frente a un catálogo prácticamente infinito gobernado por recomendaciones. Los auriculares se conectan y funcionan sin baterías, aplicaciones ni procesos de emparejamiento. Y el dumbphone posee una característica que ningún flagship de 1.500 euros se atrevería a destacar en una keynote: resulta bastante difícil perder tres horas mirando vídeos absurdos con él.
Durante años compramos tecnología para poder hacer cosas que antes resultaban imposibles y ahora hay quien recupera tecnología antigua precisamente para dejar de hacer algunas de las cosas que la tecnología moderna permite.
Eso debería interesar mucho más a los fabricantes que la moda concreta de las cámaras compactas. Durante dos décadas eliminaron cualquier pequeña fricción porque cada segundo ahorrado, cada paso automatizado y cada servicio añadido mejoraba supuestamente la experiencia. Sin embargo, una parte de los usuarios empieza a introducir esas fricciones voluntariamente para recuperar algo de control. No quieren volver a 2008, lo que quieren es recuperar algunas cosas que perdimos desde entonces.
El lujo de que te dejen en paz
Las compañías tecnológicas cuentan con algunos de los mejores diseñadores del mundo, presupuestos multimillonarios y archivos y patentes industriales extraordinarias, pero tienen enormes dificultades para imaginar un producto cuya principal virtud consista en hacer deliberadamente menos.
La explicación está en el Excel: es muy complicado justificar 1.500 euros por un teléfono cuya gran innovación sea molestarte menos. También cuesta aumentar el precio medio de venta ofreciendo menos pantalla, menos notificaciones, menos recopilación de datos o menos tiempo dentro de un ecosistema. El negocio digital necesita atención, servicios recurrentes y usuarios conectados. El bienestar digital tiene un inconveniente económico bastante evidente: llevado hasta sus últimas consecuencias, significa que el cliente utiliza menos tus productos y servicios.
Ahí se abre una grieta que va bastante más allá de una tendencia generacional. El usuario empieza a pedir silencio mientras buena parte del negocio necesita atención; reclama privacidad mientras los servicios necesitan datos; busca sencillez mientras cada nueva generación de dispositivos tiene que acumular argumentos suficientes para justificar otra renovación.
Por eso las cámaras viejas, los cables o los teléfonos con tapa son interesantes incluso para quienes jamás comprarían uno. Su importancia está en lo que cuentan sobre 2026: funcionan como pequeñas protestas culturales frente a una industria que durante demasiado tiempo ha confundido capacidad técnica con deseo humano y que ahora observa sorprendida cómo algunos consumidores encuentran atractivo precisamente aquello que había dedicado años a eliminar.
Hace veinte años, llevar unos auriculares blancos por la calle decía algo sobre quien los llevaba. Eran reconocibles a distancia y convertían un simple accesorio en una declaración cultural. Hoy, paradójicamente, unos auriculares con cable pueden empezar a expresar justo lo contrario: la voluntad de recuperar cierta autonomía frente a una tecnología que ha acabado ocupando cada minuto disponible.
Quizá dentro de unos años descubramos que aquellas cámaras compactas, los viejos iPod y los teléfonos tontos nunca fueron realmente una moda retro, sino una señal bastante evidente, además, para una industria que presume de inteligencia suficiente para interpretar millones de datos en segundos.
Porque puede que la tecnología nunca haya sabido tanto sobre nosotros y, al mismo tiempo, lleve demasiado tiempo sin comprendernos. Y quizá antes de colocar otro sensor en nuestra muñeca, otra inteligencia artificial en nuestro teléfono o una nueva pantalla delante de nuestros ojos, debería recuperar aquella vieja capacidad que la convirtió en cultura: observar qué estaba ocurriendo fuera de sus laboratorios antes de decidir qué debía ocurrir dentro de ellos.