www.zonamovilidad.es
Treinta velas y el impuesto invisible de la IA
Ampliar

Treinta velas y el impuesto invisible de la IA

Por Alfonso de Castañeda
x
alfondcctelycom4com/8/8/17
viernes 03 de julio de 2026, 09:00h

Escucha la noticia

Hay imágenes que te hacen comprender que el tiempo ha pasado sin necesidad de mirar un calendario. Este fin de semana he podido sostener en brazos a mi sobrina Isabel durante su bautizo mientras la familia se reunía alrededor de la pila bautismal.

La miraba completamente ajena al ruido del mundo, sin saber todavía qué significa una crisis económica, una guerra, una mala noticia o un algoritmo. En aquel momento uno se da precisamente cuenta que todo ha cambiado, y lo seguirá haciendo. Ese mismo fin de semana cumplía treinta años, una cifra que impresiona bastante menos que esa sensación: pensar en lo que viene detrás y te das cuenta que el mundo que tú ayudas a construir será el único que ellos conocerán. Y eso, de repente, convierte muchas conversaciones aparentemente técnicas en algo mucho más personal.

Apenas un par de días antes subía al imponente escenario del DigitalES Summit 2026 para moderar una de las mesas redondas clave, sobre inteligencia artificial, gobernanza y confianza. Mientras escuchaba a algunos de los principales responsables tecnológicos del país debatir sobre agentes, productividad y regulación, no podía dejar de pensar en eso: todos hablábamos del futuro, del impacto de la inteligencia artificial.

Mesa redonda sobre IA en el DigitalES Summit 2026

Y precisamente ese impacto lo empezamos a palpar ahora, porque detrás de un puñado de cifras aparentemente aburridas hay una realidad mucho más incómoda: la IA ya ha empezado a pasarnos la factura.

La factura que nadie esperaba

Durante años hemos dado por sentado que cada nueva generación de tecnología era mejor y, además, más accesible. Los móviles duplicaban memoria, los portátiles ganaban rendimiento y los precios, con mayor o menor fortuna, terminaban estabilizándose. Era una especie de pacto no escrito entre la industria y el consumidor: la innovación tenía sentido porque también acababa llegando al bolsillo de la mayoría. Ese pacto acaba de romperse.

"Los grandes fabricantes de memoria ya no miran al mercado de consumo como su principal negocio"

Lo que estamos viendo estas semanas no es una subida puntual de precios ni una mala racha en la cadena de suministro. Es un cambio de prioridades. Por primera vez, la industria ha encontrado un cliente mucho más rentable que nosotros. Los grandes fabricantes de memoria ya no miran al mercado de consumo como su principal negocio; miran a los gigantescos centros de datos donde se entrenan los modelos de inteligencia artificial. Allí cada chip vale mucho más, allí los márgenes son infinitamente mejores, y cuando una industria descubre dónde está el dinero, el resto deja automáticamente de ser prioritario.

Eso explica por qué la todopoderosa Apple admite incrementos de precio de hasta un 25% en algunos de sus equipos, por qué la jovencísima Nothing renuncia a lanzar un teléfono porque la memoria ha disparado los costes o por qué otros fabricantes empiezan a practicar un ejercicio mucho más sutil: mantener el mismo precio mientras reducen la RAM, recortan especificaciones o empeoran componentes que hace apenas un año parecían intocables. No es una casualidad, es la consecuencia directa de una cadena de valor que ha decidido alimentar antes a los servidores que a las personas.

Y ahí aparece el verdadero impuesto invisible de la inteligencia artificial. Hasta ahora, pagábamos por utilizar ChatGPT, porque Claude automatice cosas por nosotros y por preguntar a Gemini qué tiempo hará mañana. Ahora, lo vamos a pagar también cada vez que cambiamos de portátil, cada vez que un fabricante elimina memoria para proteger su margen o cada vez que un dispositivo cuesta más ofreciendo prácticamente lo mismo. La factura de la IA no llega por correo electrónico, lo hace escondida dentro del precio de la tecnología que utilizamos todos los días.

Detrás de toda revolución tecnológica siempre acaba apareciendo un Excel. Y cuando uno rasca un poco debajo del relato de la inteligencia artificial descubre que el problema no empieza en los algoritmos, sino en algo mucho más terrenal: dónde resulta más rentable vender cada chip de memoria.

"Las tres compañías que controlan la gran mayoría de la memoria mundial han decidido dedicar una parte creciente de su capacidad de fabricación a producir memorias HBM"

Todo esto se decide a miles de kilómetros de distancia, dentro de unas pocas fábricas que hoy controlan buena parte del silicio del planeta. Las tres compañías que controlan la gran mayoría (cerca del 90%) de la memoria mundial: Samsung, SK Hynix y Micron, han decidido dedicar una parte creciente de su capacidad de fabricación a producir memorias HBM, las que utilizan los grandes servidores de inteligencia artificial.

Fabricar ese tipo de memoria deja unos márgenes muy superiores a la LPDDR que termina dentro de un smartphone o a la DRAM que mueve un portátil. La misma oblea de silicio puede convertirse en un componente para un móvil de gama media o en una pieza destinada a un centro de datos capaz de generar mucho más beneficio. Y cuando una empresa cotizada tiene que elegir entre ambas opciones, la respuesta suele estar bastante clara incluso antes de que empiece la reunión del consejo.

Fuente: Depositphotos

Eso provoca un efecto dominó que rara vez aparece en las presentaciones sobre inteligencia artificial. Cuanta más capacidad se destina a alimentar servidores, menos queda disponible para la electrónica de consumo. La oferta se estrecha, los precios suben y las marcas empiezan a tomar decisiones que hace apenas dos años habrían parecido impensables: cancelar lanzamientos, reducir memoria, renegociar contratos prácticamente cada trimestre o asumir incrementos de precio difíciles de justificar ante el consumidor.

Lo verdaderamente interesante es que no estamos ante una escasez provocada por una guerra, una pandemia o un desastre natural, que también. La industria está fabricando memoria, muchísima memoria, más que nunca, pero ya no la está fabricando para nosotros.

El precio del futuro

Quizá cumplir treinta años también consiste en esto: dejar de mirar la tecnología únicamente por lo que promete y empezar a juzgarla por las consecuencias que deja a su alrededor. Durante demasiado tiempo hemos asumido que innovar significaba ofrecer más prestaciones, más capacidad y mejores productos. Hoy empezamos a descubrir que también puede significar exactamente lo contrario, si el mercado encuentra un negocio todavía más rentable lejos del consumidor.

"Es difícil hablar de democratización tecnológica cuando el primer efecto visible de esa revolución consiste en hacer más caros los dispositivos que la mayoría utilizamos cada día"

No tengo ninguna duda de que la inteligencia artificial terminará transformando nuestra forma de trabajar, de investigar o de comunicarnos. Sería absurdo negarlo. Lo que sí me preocupa es el camino que estamos recorriendo para llegar hasta ahí. Porque es difícil hablar de democratización tecnológica cuando el primer efecto visible de esa revolución consiste en hacer más caros los dispositivos que la mayoría utilizamos cada día. Algo falla cuando el futuro empieza a construirse sacrificando el presente.

Mientras miraba a Isabel durante su bautizo pensaba, inevitablemente, en el mundo tecnológico que le tocará vivir cuando tenga mi edad. Ojalá para entonces la inteligencia artificial haya demostrado que todo este esfuerzo merecía la pena. Ojalá los beneficios compensen el coste que hoy empezamos a asumir casi sin darnos cuenta. Pero, si algo he aprendido después de once años contando esta industria y de cumplir 30 rodeado de quienes más quiero, es que ningún avance tecnológico merece demasiado la pena si, para hacerlo posible, primero deja de pensar en las personas a las que supuestamente iba a beneficiar.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios