En esta línea, la compañía ha publicado un documento en el que dibuja cómo podría organizarse una economía marcada por sistemas de IA mucho más avanzados, lo que denomina superinteligencia. Aunque esta tecnología aún no existe, OpenAI considera que el debate no puede esperar a que llegue para empezar a actuar.
Una de las ideas que más llama la atención es la creación de un fondo público de riqueza que reparta parte de los beneficios de la inteligencia artificial entre los ciudadanos. La lógica es sencilla: si la IA va a generar un enorme crecimiento económico, ese valor no debería quedarse solo en manos de unas pocas empresas.
Por otro lado, la compañía también abre la puerta a cambios en la forma de trabajar. Propone, por ejemplo, explorar modelos como la semana laboral de cuatro días, siempre que la productividad se mantenga. La idea de fondo es que la eficiencia que aporta la tecnología no se traduzca solo en más trabajo, sino también en más tiempo para las personas.
Al mismo tiempo, OpenAI insiste en que será clave medir lo que está ocurriendo en tiempo real. Cómo afectan estas tecnologías al empleo o a los salarios no puede quedarse en teorías. Por eso, plantea activar ayudas como formación o apoyo económico en el momento en que los datos empiecen a reflejar un impacto negativo claro.
Chris Lehane, responsable global de asuntos públicos de la compañía, lo resume de forma bastante directa: el debate sobre la inteligencia artificial tiene que ser tan ambicioso como la propia tecnología. En su opinión, no basta con anticipar riesgos, hay que construir soluciones antes de que esos riesgos se materialicen.
Todo esto llega en un momento en el que herramientas como ChatGPT ya forman parte del día a día de millones de personas, pero donde también crecen las dudas sobre sus consecuencias. La posibilidad de que algunos trabajos desaparezcan o cambien radicalmente sigue siendo una de las principales preocupaciones.
En el fondo, lo que plantea OpenAI no es tanto una respuesta cerrada como una invitación a repensar el sistema. Porque si la inteligencia artificial va a transformar la economía, la pregunta ya no es si ocurrirá, sino cómo se va a gestionar para que el cambio no deje a nadie atrás.