Este contexto confirma que, pese a ciertos avances, el impacto de estas amenazas continúa siendo relevante. Por un lado, el fraude por desvío de pagos se mantiene como la incidencia más habitual, afectando al 53% de las empresas. Al mismo tiempo, los ataques de denegación de servicio siguen muy presentes, con un 49% de organizaciones perjudicadas. A esto se suma el uso indebido de recursos tecnológicos, como el minado de criptomonedas, que alcanza al 43% del tejido empresarial.
Además, otras amenazas como el ransomware siguen formando parte del día a día. En concreto, el 31% de las compañías reconoce haber sufrido este tipo de ataques, mientras que las brechas de datos continúan generando inquietud. De hecho, un 30% ha perdido información sin cifrar y un 26% ha visto comprometidos datos protegidos. Aunque en algunos casos las cifras descienden ligeramente, la exposición sigue siendo elevada.
Frente a esta situación, las empresas están reforzando sus mecanismos de prevención. Cada vez es más frecuente la realización de pruebas para detectar vulnerabilidades antes de que se conviertan en un problema real. En este sentido, el 72% de las organizaciones lleva a cabo estos análisis al menos una vez al mes, mientras que el 91% los realiza como mínimo de forma trimestral. Este esfuerzo refleja una mayor vigilancia, aunque no siempre suficiente para frenar los ataques.
Por otra parte, la atención ya no se centra solo en los sistemas propios. La cadena de suministro ha pasado a ocupar un papel clave dentro de la estrategia de seguridad. En consecuencia, muchas empresas han comenzado a evaluar de forma periódica los riesgos asociados a sus proveedores. Actualmente, el 64% revisa estos factores cada mes y el 88% lo hace, al menos, de manera trimestral.
Este cambio responde a una lógica clara. Los ciberataques aprovechan cualquier punto débil, y los terceros se han convertido en una puerta de entrada frecuente. Por ello, ampliar el foco y controlar todo el ecosistema empresarial resulta cada vez más necesario.
En conjunto, el informe dibuja una realidad compleja. Aunque las pymes avanzan en prevención y control, la capacidad de resistir sin consecuencias sigue siendo muy limitada. La ciberseguridad, por tanto, continúa siendo un desafío abierto en el que aún queda mucho camino por recorrer.