Anoche Valencia ardía. No como arden las crisis, sino como arde lo que se ha construido para desaparecer. Mientras los últimos restos de carpintería y cartón piedra se convertían en cenizas purificadoras, una estructura mucho más costosa y etérea se salvaba, de milagro, de las llamas.
Mark Zuckerberg ha amagado esta semana con prender la mecha de Horizon Worlds, su proyecto insignia, para luego, en un giro de guion digno de un adolescente indeciso, dar un paso atrás ante el clamor popular.
Una rectificación exprés, un tibio comunicado en un directo de Instagram del CTO y la sensación general de que alguien, en algún punto, se asomó al abismo y decidió mirar hacia otro lado. Pero no nos confundamos, que el ninot siga en pie no significa que la obra funcione.
80.000 millones después, el vacío
En octubre hará cinco años desde que Facebook decidiera algo que pocas compañías se atreven a hacer: renunciar a su propio nombre para apostar todo a una idea. Meta no fue una evolución, fue una huida hacia delante con un coste que hoy supera los 80.000 millones de dólares invertidos en Reality Labs desde 2020.
Más de 10.000 millones de pérdidas anuales durante varios ejercicios consecutivos y una apuesta sostenida que, en términos de retorno, deja una imagen difícil de defender
La cifra impresiona. Más de 10.000 millones de pérdidas anuales durante varios ejercicios consecutivos y una apuesta sostenida que, en términos de retorno, deja una imagen difícil de defender: entornos virtuales con baja adopción, usuarios que no se quedan y una propuesta que nunca llegó a encajar fuera del discurso corporativo.
El resultado está a la vista. Mundos virtuales sin vida, avatares incompletos y una promesa que no ha encontrado su sitio. El metaverso no ha fracasado por falta de recursos, ha fracasado porque nadie lo necesitaba.
Y al igual que un ninot que se queda a medio terminar porque el artista se ha quedado sin presupuesto o sin tiempo, los avatares de Meta son hoy seres incompletos. Tras quemar 80.000 millones de dólares, el gran logro de la compañía ha sido ponerles piernas a sus usuarios (tardaron dos año); unas piernas que, irónicamente, el propio usuario no puede verse. Es la metáfora perfecta del metaverso de Zuckerberg: un lugar donde te prometen caminar, pero donde todavía no sabemos ni cómo mantenernos en pie.
El episodio de Horizon Worlds es, en este sentido, revelador. Durante un día, Meta dejó entrever su cierre en Quest, pero la escueta comunidad reaccionó y obligó a la compañía a recular, no con una nueva visión, sino con una mínima corrección. Cuando una compañía cambia su nombre para representar el futuro y, cinco años después, duda sobre si mantener abierta la puerta de entrada a ese futuro, lo que muestra no es prudencia, es falta de dirección y una creciente incapacidad para asumir un gran error.
La cremà que nunca llega
En Valencia, el valor de una falla también se mide por su final. La cremà forma parte de la obra. No hay drama en el fuego, hay decisión. Se acepta que todo tiene un ciclo y que avanzar exige cerrar etapas. Quemar no es destruir, es preparar el siguiente movimiento.
Meta ha optado por lo contrario. La compañía ha invertido tanto en el metaverso que ahora cualquier paso atrás pesa más que seguir avanzando sin un rumbo claro. El proyecto se mantiene en pie, pero cada vez con menos convicción y más por desgaste acumulado que por una apuesta real de futuro.
Dar marcha atrás implica cuestionar todo ese relato y admitir que la tecnología llegó antes que la necesidad y que el mercado nunca acompañó esa visión"
A esa inercia se suma otro problema más profundo. Durante años, el metaverso se presentó como el siguiente gran salto de internet, una transformación inevitable de la experiencia digital. Ahora, dar marcha atrás implica cuestionar todo ese relato y admitir que la tecnología llegó antes que la necesidad y que el mercado nunca acompañó esa visión.
Por eso la cremà no llega. No por falta de señales, sino por miedo a asumir lo evidente. Meta ajusta el discurso para centrarse en la IA, desplaza sus prioridades para construir capacidad de cómputo y gana tiempo frente a sus inversores, pero el escenario ya ha cambiado. Cuando una compañía se queda atrapada entre continuar y cerrar, lo que queda no es una estrategia, es un final alargado.
El problema de no poder quemar
La cremà forma parte del sentido de las Fallas, porque marca el momento en el que se asume que lo construido ha cumplido su función y debe dejar paso a lo siguiente. En Valencia nadie alarga ese instante ni lo disfraza, porque existe una comprensión bastante clara de algo que en otros ámbitos cuesta mucho más: cerrar a tiempo también es avanzar.
Con el metaverso ocurre justo lo contrario, ya que el proyecto sigue en pie a pesar de haber perdido el impulso que justificaba su existencia. No hay una decisión clara ni un punto final reconocible, simplemente una continuidad sostenida por el peso de lo invertido y por la dificultad de asumir lo que implica dar un paso atrás.
"El cambio de nombre, el relato corporativo y la proyección a largo plazo han girado en torno a una idea que hoy se ha debilitado"
A partir de ahí, el problema deja de ser técnico y pasa a ser estructural. El cambio de nombre, el relato corporativo y la proyección a largo plazo han girado en torno a una idea que hoy se ha debilitado, y desmontarla tiene consecuencias mucho más profundas que cancelar una plataforma.
Mientras tanto, la compañía intenta reubicarse sin romper del todo con el pasado. La inteligencia artificial gana protagonismo, el metaverso pierde visibilidad y el discurso se ajusta para encajar ese desplazamiento. Sin embargo, el fondo permanece intacto, porque lo que falta es una decisión que cierre el ciclo y permita redefinir el rumbo con claridad.
Y mientras en Valencia todo arde cuando tiene que arder, en Silicon Valley hay proyectos que siguen en pie mucho después de haber dejado de tener sentido.
El problema es que, esta vez, lo que no se quema no renace: simplemente se pudre.