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El futuro digital no se descarga: se construye, y solo será sostenible si también es compartido
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(Foto: Depositphotos)

El futuro digital no se descarga: se construye, y solo será sostenible si también es compartido

Por Margarita Bly
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lunes 18 de mayo de 2026, 11:57h
Actualizado el: 18/05/2026 12:04h

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El 17 de mayo no es solo una fecha en el calendario: es una invitación a pensar en red; esa conexión invisible que participa de manera notable en nuestras vidas, con ojos críticos y también con cierta curiosidad renovada. El Día Mundial de Internet, nacido en España en 2005 con el objetivo de acercar la tecnología a la ciudadanía y recordarnos que Internet no es solo infraestructura, sino oportunidad. Un año después, Naciones Unidas recogió ese testigo y lo entrelazó con el Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información, consolidando una jornada que, más que celebrar, nos interpela.

Porque Internet no se limita a conectar dispositivos: conecta realidades, expectativas y también desigualdades. Y cada edición de este día funciona como una especie de buscador colectivo en el que la sociedad introduce sus propias preguntas: ¿qué modelo digital queremos?, ¿quién queda dentro y quién sigue fuera?, ¿qué significa avanzar?

La sostenibilidad también es digital

En 2026, la palabra clave es “sostenibilidad”. Pero no basta con pronunciarla; hay que desplegarla. Sostenibilidad digital no es solo reducir la huella energética de los centros de datos o alargar la vida útil de los dispositivos. Es, sobre todo, garantizar que el progreso tecnológico no deje a nadie atrás. Es diseñar tecnología con conciencia, con derechos y con personas en el centro del algoritmo.

Y en esa búsqueda —porque de eso se trata, de una búsqueda constante— aparece una pregunta inevitable: ¿dónde están las mujeres en la historia y en el presente de la sociedad de la información?

La respuesta exige buscar, porque las mujeres han estado ahí desde el principio, aunque muchas veces sin titular destacado. Ada Lovelace no solo escribió un algoritmo: imaginó que las máquinas podían ir más allá del cálculo. Hedy Lamarr no solo brilló en la gran pantalla: ayudó a sentar las bases de las comunicaciones inalámbricas actuales. Y Radia Perlman diseñó estructuras que permiten que Internet no sea un caos, sino una red que se organiza y se sostiene. También en España, figuras como Ángela Ruiz Robles, precursora del libro electrónico, anticiparon el futuro con una lucidez que hoy reconocemos.

La brecha pendiente

Sin embargo, si afinamos la búsqueda en el presente, los resultados siguen siendo desiguales. Es cierto que el acceso a Internet se ha democratizado hasta rozar la paridad: más del 95% de las mujeres en España utiliza la red con regularidad. Pero acceder no es lo mismo que liderar. Navegar no implica necesariamente programar el rumbo.

En el mercado laboral, la cifra es igualmente elocuente: menos del 20% de los especialistas en tecnologías digitales son mujeres

Las diferencias aparecen cuando se profundiza en las capas más técnicas de la sociedad digital. Solo una minoría de mujeres opta por estudios STEM, y su presencia en ámbitos como la ingeniería o la informática sigue siendo reducida. En el mercado laboral, la cifra es igualmente elocuente: menos del 20% de los especialistas en tecnologías digitales son mujeres. Es como si, tras superar la puerta de entrada, aún quedaran pasillos enteros con acceso restringido.

La brecha ya no es solo de conexión; es de proyección. Y, sin embargo, hay señales que invitan al optimismo. España se sitúa por encima de la media europea en competencias digitales femeninas, y el número de mujeres en el sector tecnológico no deja de crecer. Programas públicos, inversiones estratégicas y nuevas iniciativas están ampliando el mapa de oportunidades, incorporando —cada vez con más claridad— la perspectiva de género.

Pero más allá de los datos, hay una idea que conviene subrayar: la igualdad no es solo una cuestión de justicia, es una condición de calidad. La tecnología que se diseña desde la diversidad es, sencillamente, mejor. Más útil, más inclusiva, más cercana a la realidad que pretende transformar.

En un mundo donde los algoritmos toman decisiones, donde los datos dibujan patrones y donde las telecomunicaciones definen cómo nos relacionamos, quién participa en su diseño importa. Y mucho.

El papel del periodismo tecnológico se vuelve también esencial: contar estas historias —rescatar nombres, explicar contextos, cuestionar inercias— es una forma de reescribir el relato

Por eso, el papel del periodismo tecnológico se vuelve también esencial. Contar estas historias —rescatar nombres, explicar contextos, cuestionar inercias— es una forma de reescribir el relato. Porque no se puede aspirar a lo que no se ve. Y porque cada referente visible abre una puerta que antes parecía inexistente.

Fomentar vocaciones tecnológicas entre niñas y jóvenes no pasa solo por enseñar código, sino por explicar que la tecnología no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para cambiar el mundo. Y que ese mundo necesita todas las miradas.

En última instancia, hablar de sostenibilidad digital sin hablar de igualdad es quedarse a mitad de camino. Un ecosistema digital verdaderamente sostenible no solo cuida los recursos: cuida las oportunidades. No solo optimiza procesos: amplía derechos.

Las telecomunicaciones han tejido una red global que nos conecta como nunca antes. Pero la verdadera conexión no se mide en gigabytes, sino en participación.

En este Día Mundial de Internet, la pregunta no es solo hacia dónde avanza la tecnología, sino quién la está construyendo. Y la respuesta, si queremos que el futuro funcione, debería ser clara: todos y todas.

Autora: Nuria San Servando Hernández, socia de Margarita Bly

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