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Algoritmos de seda, guerras de hierro
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(Foto: Imagen elaborada con GenAI)

Algoritmos de seda, guerras de hierro

Por Alfonso de Castañeda
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alfondcctelycom4com/8/8/17
jueves 12 de marzo de 2026, 09:00h

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El Mobile World Congress siempre deja una sensación extraña cuando termina. Durante cuatro días uno vive dentro de un pequeño universo artificial hecho de moqueta interminable, cafés mediocres y un aire acondicionado que nunca sabe si quiere ser invierno o verano. Miles de personas caminamos deprisa entre pabellones gigantes mientras los ejecutivos repiten palabras que ya se han vuelto familiares: inteligencia artificial, conectividad total, soberanía digital.

Una semana después de que se apagaran las pantallas del MWC 2026, esa sensación todavía permanece. Salía de la Fira el último día con la cabeza llena de discursos sobre IA ética, automatización inteligente y progreso tecnológico. Sin embargo, bastaba mirar el teléfono para que esa narrativa empezase a desmoronarse.

Las mismas pantallas en las que hemos visto grandes demostraciones de inteligencia artificial mostraban, casi al mismo tiempo, imágenes de Oriente Medio que recordaban una verdad mucho menos cómoda. Porque la inteligencia artificial que se presenta como herramienta de productividad o de creatividad también empieza a formar parte del nuevo lenguaje de la guerra.

Durante años, la industria ha presentado la inteligencia artificial como una herramienta destinada a mejorar la vida cotidiana. Los algoritmos servirían para optimizar el transporte, personalizar el comercio o facilitar el trabajo diario, pero la realidad suele encontrar caminos más complejos. Las mismas arquitecturas que recomiendan productos o clasifican fotografías pueden analizar patrones, interpretar señales y acelerar decisiones en escenarios donde las consecuencias ya no son comerciales.

El contraste es difícil de ignorar. Mientras en Barcelona se hablaba de asistentes inteligentes y de ecosistemas digitales cada vez más sofisticados, el mundo recordaba que la tecnología siempre acaba encontrando su lugar en el tablero del poder.

Silicon Valley pierde la inocencia, si alguna vez la tuvo

Durante mucho tiempo Silicon Valley cultivó una narrativa optimista sobre la inteligencia artificial. Los grandes laboratorios prometían avances que transformarían la medicina, la educación o la energía. Las empresas hablaban de progreso, de eficiencia y de una nueva era donde las máquinas ayudarían a resolver problemas que los humanos no habían sabido abordar. Ese relato empieza a mostrar sus grietas.

Las grandes compañías de IA ya no compiten únicamente por desarrollar modelos más creativos o asistentes más útiles. La carrera se ha desplazado hacia un terreno mucho más serio: quién controla las herramientas capaces de procesar enormes volúmenes de información en tiempo real y convertir esos datos en decisiones operativas.

"El algoritmo que aprende los hábitos de un consumidor también permiten interpretar señales, imágenes o comportamientos en un entorno militar"

El algoritmo que aprende los hábitos de un consumidor para recomendarle una compra utiliza principios muy similares a los que permiten interpretar señales, imágenes o comportamientos en un entorno militar. La diferencia no está en el código, está en el cliente que paga por su desarrollo.

Durante mucho tiempo las grandes tecnológicas defendieron una imagen de neutralidad. Esa etapa empieza a quedar atrás. Silicon Valley ha descubierto que los gobiernos y las estructuras de defensa se han convertido en actores decisivos dentro del nuevo ecosistema de la inteligencia artificial. Cuando ese cambio se consolida, la narrativa del progreso tecnológico pierde parte de su inocencia, si alguna vez la tuvo.

Lo que el algoritmo nunca entenderá

Hay algo curioso en el entusiasmo con el que la industria tecnológica habla de inteligencia artificial. En cada congreso, en cada keynote, se repite una idea que suena impecable: más datos permiten tomar mejores decisiones. Las grandes tecnológicas han convertido esa premisa en una especie de dogma. Si algo falla, se debe a que faltan datos, potencia de cálculo o entrenamiento del modelo. La solución siempre parece técnica. El problema es que la historia rara vez se comporta como un sistema optimizable.

Los conflictos internacionales, las guerras o las grandes crisis políticas nunca han respondido a la lógica limpia que tanto seduce a los ingenieros. Están hechos de ambición, miedo, orgullo nacional, errores de cálculo y decisiones tomadas bajo presión. Elementos profundamente humanos que no encajan bien en los modelos matemáticos que hoy dominan la conversación tecnológica. Por eso resulta tan llamativo ver cómo, mientras en el MWC Barcelona 2026 se hablaba de inteligencia artificial como si fuese una herramienta casi neutral, en otros lugares del planeta esas mismas capacidades empiezan a integrarse en dinámicas de poder mucho más antiguas, las de la guerra.

"Ninguna red neuronal decide una guerra. Ningún modelo matemático explica por sí solo por qué estalla"

La inteligencia artificial puede analizar millones de imágenes, interpretar señales o detectar patrones con una velocidad imposible para cualquier analista humano. Sin embargo, cuando se aplica a la política internacional o a los conflictos armados, deja de moverse en el terreno de la optimización y entra en un territorio donde los algoritmos solo pueden amplificar decisiones que siguen siendo humanas. Ninguna red neuronal decide una guerra. Ningún modelo matemático explica por sí solo por qué estalla.

En medio de todo este ruido tecnológico, estos días el periodismo también ha perdido dos voces que sabían leer el poder sin necesidad de algoritmos. La muerte de Raúl del Pozo y de Fernando Ónega, con apenas unos días de distancia, ha dejado un extraño silencio entre quienes llevamos años creciendo con sus columnas. Del Pozo escribía como quien ha visto demasiadas batallas para creer en los relatos fáciles. Ónega tenía esa serenidad de los cronistas que entienden que la política no se explica con titulares urgentes, sino con memoria y contexto.

Resulta inevitable pensar en ellos en un momento en el que vuelve a escucharse esa promesa recurrente: que una máquina podrá analizar millones de datos para entender el mundo. Ellos nunca necesitaron una máquina para comprender algo mucho más simple y mucho más complejo a la vez: que detrás de cada decisión política, de cada avance tecnológico y de cada guerra siempre hay intereses humanos que ningún algoritmo terminará de descifrar.

"Durante años Silicon Valley ha hablado de progreso, de eficiencia y de innovación casi como si fueran conceptos universales. Pero el mundo real funciona con otra lógica"

Ahí es donde la conversación tecnológica empieza a quedarse corta. Durante años Silicon Valley ha hablado de progreso, de eficiencia y de innovación casi como si fueran conceptos universales. Pero el mundo real funciona con otra lógica. La tecnología rara vez permanece demasiado tiempo en el laboratorio o en el mercado de consumo: tarde o temprano termina integrada en las dinámicas del poder. Y cuando eso ocurre, el discurso sobre el progreso empieza a mezclarse con algo mucho menos elegante: la geopolítica.

Europa y la ilusión de la regulación

En este tablero global, Europa ha decidido ocupar un papel muy distinto. Mientras Estados Unidos y China compiten por dominar la infraestructura tecnológica que marcará las próximas décadas, Bruselas se ha ha concentrado su energía en construir el gran marco regulatorio de la inteligencia artificial. La intención es legítima: establecer límites, garantizar derechos y evitar que el desarrollo de estas tecnologías quede completamente fuera de control democrático. En resumen, marcar los límites humanos que necesita una tecnología que, en muchos casos, excede al conocimiento y control.

La AI Act, los debates sobre gobernanza algorítmica o las discusiones sobre soberanía digital responden a esa lógica. El problema es que el mundo avanza a una velocidad que rara vez espera a que terminen los procesos legislativos.

Mientras el continente discute, las grandes potencias tecnológicas (en su mayoría estadounidenses o chinas) ya la están integrando en ámbitos mucho más sensibles que el consumo o la productividad empresarial. La IA se ha convertido en una infraestructura estratégica que atraviesa la economía, la seguridad nacional y el equilibrio geopolítico global.

"La inteligencia artificial ha dejado de ser únicamente una tecnología económica para convertirse también en una pieza del nuevo tablero militar"

En ese contexto, la frontera entre innovación civil y capacidad militar se vuelve cada vez más difusa. Los mismos sistemas capaces de optimizar procesos industriales o automatizar tareas administrativas pueden alimentar también herramientas de análisis estratégico, vigilancia avanzada o toma de decisiones en escenarios de conflicto. Europa pretende gobernar esa transición a través del derecho. Estados Unidos y China la están disputando a través del poder. Y en ese juego, la inteligencia artificial deja de ser únicamente una tecnología económica para convertirse también en una pieza del nuevo tablero militar.

Europa aspira a ser árbitro en una partida que otros juegan con reglas mucho menos formales. Y aunque la regulación resulta imprescindible, la historia demuestra que las grandes revoluciones industriales rara vez se deciden en los despachos donde se redactan las normas. Suelen resolverse allí donde se construyen las infraestructuras, donde se concentra el capital y donde se define quién controla realmente la tecnología.

Salir de la moqueta

Quizá por eso el contraste resulta tan evidente cuando se abandona la Fira después de cuatro días de discursos sobre innovación. Dentro de los pabellones la inteligencia artificial se presenta como la próxima gran revolución productiva, una tecnología destinada a optimizar procesos, mejorar servicios y multiplicar capacidades. Fuera, el mundo recuerda que las grandes tecnologías nunca permanecen demasiado tiempo en ese terreno.

Antes o después acaban formando parte de algo más antiguo: la disputa por el poder, la seguridad de los estados y el equilibrio geopolítico global. La inteligencia artificial, como antes lo fueron la energía nuclear, los satélites o internet, empieza a transitar ese mismo camino.

El futuro que se presenta en Barcelona llega envuelto en impecables discursos y espectaculares demostraciones. Sin embargo, cuando uno observa con atención lo que ocurre más allá de los pabellones, descubre algo distinto.

Dentro de ese envoltorio no siempre hay seda.

A veces hay hierro.

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