El apagón de telecomunicaciones durante la extracción de Nicolás Maduro no fue un daño colateral, sino un objetivo táctico. El Comando Cibernético de EE. UU. neutralizó la tecnología china y paralizó los supernodos de la Compañía Anónima Nacional de Teléfonos de Venezuela (CANTV). Por su parte, Telefónica, cuya infraestructura también se vio gravemente afectada, ha mantenido un prudente silencio en medio del caos.
La madrugada del pasado 3 de enero pasará a la historia militar y tecnológica no solo por los hechos acaecidos en Venezuela, sino por constituir la primera gran demostración de fuerza de la guerra electrónica moderna en un entorno urbano densamente conectado. Pero, mientras los titulares de la prensa generalista se han centrado en la Operación Resolución Absoluta y en la extracción de Nicolás Maduro, los ingenieros de telecomunicaciones han observado otro fenómeno: el desmantelamiento quirúrgico de una red nacional en cuestión de minutos.
Una semana después, y con el servicio restableciéndose a cuentagotas en Caracas y Miranda, cabe preguntarse cómo logró Estados Unidos cegar un sistema protegido por tecnología punta de Shenzhen.
El apagón: guerra de espectro y corte de fibra
En contra de la creencia popular de la existencia de un ‘botón de apagado’ general, la interrupción de las comunicaciones en Venezuela parece que fue consecuencia de la aplicación de una estrategia híbrida. Así, fuentes venezolanas del sector confirman dos vectores de ataque simultáneos.
De una parte, se produjo una saturación del espectro (Jamming): la unidad Delta 3 de la Fuerza Espacial de EE. UU. desplegó contramedidas electrónicas que ‘inundaron’ las bandas de frecuencia utilizadas por la telefonía móvil (LTE/4G) y los enlaces de microondas. Esto aisló las torres de las celdas, impidiendo la transmisión de datos aun teniendo éstas energía eléctrica.
De otra parte, se llevó a cabo un ataque cinético a la fibra: se han reportado daños físicos en nodos críticos de interconexión en la Gran Caracas; pero no se atacó la denominada última milla (el cable que llega a casa del usuario desde la central), sino los anillos de transporte metropolitanos y la salida internacional de datos. Al cortar estos puntos neurálgicos, las redes quedaron fragmentadas en ‘islas digitales’ sin conexión entre sí.
Un campo de pruebas para el Pentágono
Quizás el punto más relevante para la industria global es el papel que ha jugado Huawei en este proceso. Durante la última década, Venezuela ha sustituido su infraestructura ‘occidental’ (Nokia, Ericsson, Cisco) por equipos del gigante chino, convirtiendo el país en lo que muchos han considerado “una vitrina tecnológica de Pekín en la región”. Y es que tanto CANTV como Movilnet operan casi exclusivamente sobre arquitectura de Huawei.
El éxito del bloqueo estadounidense sugiere que las capacidades de ciberguerra de Washington lograron vulnerar o eludir los protocolos de seguridad del fabricante asiático. Los sistemas de videovigilancia VEN 911 y las bases de datos del Carnet de la Patria, alojados en servidores de ZTE y Huawei, sufrieron un ‘blackout’ inmediato y esto impidió a las fuerzas de seguridad leales a Maduro coordinar una respuesta o utilizar el reconocimiento facial en tiempo real para rastrear a los comandos incursores. Analistas de defensa nacionales e internacionales sugieren que el Pentágono aprovechó la operación para testear sus capacidades ofensivas contra la tecnología 5G y de redes centrales que China exporta y que están distribuidas a lo largo y ancho de este mundo.
La fragilidad del modelo centralizado de CANTV
Asimismo, parece que la estructura de la red venezolana facilitó el colapso porque CANTV es propietaria y gestora de la Red Nacional de Transporte, una columna vertebral de fibra óptica de la que dependen casi todos los operadores privados para su tráfico de datos interurbano.
Al atacar los nodos centrales de CANTV en la capital, el efecto cascada fue inmediato. Operadores privados como Digitel o los proveedores de Internet por fibra (ISP) quedaron incomunicados. Aunque sus redes locales funcionaban, no tenían ‘puerta de salida’ hacia el resto del país ni hacia las redes globales. La centralización excesiva y la falta de redundancia real en la infraestructura estatal se convirtieron en la mayor debilidad del sistema.

Telefónica, silencio corporativo y objetivo salida
En medio del fuego cruzado quedó Movistar, filial venezolana de la española Telefónica. El operador sufrió la caída de sus servicios en la región central debido a la dependencia de la mencionada fibra de respaldo de CANTV y al bloqueo del espectro. Sin embargo, la reacción desde Madrid ha destacado por su perfil bajo.
La compañía activó sus protocolos de continuidad de negocio sin emitir quejas diplomáticas ni comunicados de condena. Este pragmatismo puede responder a una realidad empresarial: Telefónica anunció en noviembre de 2025 su intención de abandonar el mercado venezolano; aunque lleva años intentando vender la empresa local y hace unos meses presentó un compromiso de inversión de 500 millones.
Con el cartel de "se vende" colgado en la puerta, es lógico que la multinacional española priorice la seguridad de sus activos remanentes y evite cualquier fricción con Estados Unidos, mercado vital para sus intereses globales. Así, trata el incidente como una contingencia técnica mayor, y procura restablecer el servicio para mantener el valor de la filial ante una posible venta, en lugar de entrar en el debate geopolítico.
Una reconstrucción compleja
A fecha de hoy, 9 de enero, todo parece indicar que la recuperación es lenta. No se trata solo de empalmar cables de fibra óptica; el software de gestión de red (mucho del cual es propietario de Huawei) se asume que requiere reinicios complejos tras el ataque cibernético.
Además, el bloqueo comercial dificulta la importación de repuestos para los equipos dañados, de forma que la ‘Operación Resolución Absoluta’ ha dejado una lección clara para el sector de las telecomunicaciones: en la guerra moderna, la infraestructura de red no es un servicio público neutral, sino el primer campo de batalla y no existe empresa ni tecnología que, actualmente, pueda garantizar, la resiliencia.