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La astronauta Christina Koch mira a la Tierra desde la nave Orión, en un selfie realizado con un iPhone 17 Pro Max
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La astronauta Christina Koch mira a la Tierra desde la nave Orión, en un selfie realizado con un iPhone 17 Pro Max (Foto: NASA/Christina Koch)

Artemis II o cómo construir el Internet interplanetario desde la órbita lunar

Por Alfonso de Castañeda
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alfondcctelycom4com/8/8/17
martes 07 de abril de 2026, 09:00h

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"Desde que Adán nació, ningún humano ha conocido la soledad de Michael Collins". Así describía el centro de control de la NASA al hombre que, en 1969, durante 48 minutos en cada órbita, quedaba aislado en un silencio absoluto, separado de la humanidad por miles de kilómetros de roca lunar y vacío. Artemis II nace para acabar con ese aislamiento.

La misión, más allá de llevar humanos de vuelta a la Luna, tiene como objetivo que el espacio profundo deje de ser un lugar incomunicado, validando una infraestructura digital capaz de operar a 400.000 kilómetros de la Tierra. En este sentido, Artemis II funciona como el primer escenario real donde convergen comunicaciones ópticas, redes tolerantes a la interrupción y sistemas de computación determinista, dando respuesta a un cambio de paradigma que sienta las bases del denominado Internet interplanetario.

La ruptura del cuello de botella: del espectro radio al láser

El salto tecnológico que introduce Artemis II en materia de comunicaciones no puede entenderse únicamente como un incremento de velocidad. Durante décadas, la radiofrecuencia, especialmente en bandas S y Ka, ha definido el marco operativo de la comunicación con el espacio profundo. Sin embargo, este modelo presenta limitaciones estructurales tanto en capacidad espectral como en eficiencia energética, lo que ha condicionado el diseño de las misiones y el volumen de datos transmitidos.

En este contexto, el sistema Orion Optical Communications (O2O) introduce un cambio de capa física basado en láser infrarrojo en banda C (1550 nm). Esta transición incrementa la tasa de transferencia hasta los 260 Mbps en downlink y 20 Mbps en uplink, pero también redefine la relación entre potencia transmitida, directividad y eficiencia espectral. A diferencia de las antenas de RF, el enlace óptico concentra la energía en un haz extremadamente estrecho, lo que reduce pérdidas por dispersión y mejora la relación señal-ruido en largas distancias.

Los terminales ópticos presentan menores requerimientos de masa y consumo frente a los sistemas de RF equivalentes, lo que libera recursos para otras cargas útiles

Asimismo, esta arquitectura permite optimizar el perfil SWaP (Size, Weight and Power), un parámetro crítico en sistemas embarcados. Los terminales ópticos presentan menores requerimientos de masa y consumo frente a los sistemas de RF equivalentes, lo que libera recursos para otras cargas útiles. Además, la menor interferencia electromagnética facilita la coexistencia con otros subsistemas de la nave, algo especialmente relevante en arquitecturas densas como la de Orion.

No obstante, el enlace óptico introduce una nueva complejidad operativa: la alineación precisa entre emisor y receptor. A diferencia de la radiofrecuencia, donde el haz presenta mayor tolerancia angular, el láser requiere sistemas de apuntado, adquisición y seguimiento (PAT) de alta precisión. En este sentido, cualquier desviación, vibración estructural o error en la orientación puede degradar significativamente la calidad del enlace.

Por otro lado, la dependencia de condiciones atmosféricas en las estaciones terrestres añade una variable adicional. La absorción y dispersión del haz por nubes o turbulencias obliga a desplegar infraestructuras redundantes en ubicaciones geográficas estratégicas, como White Sands (Nuevo México) o Table Mountain (California). De este modo, se mitiga el riesgo de pérdida de enlace mediante diversidad espacial.

En consecuencia, el paso al láser supone además de una mejora en la capacidad de transmisión, una redefinición completa de la arquitectura de comunicaciones. Este cambio desplaza el cuello de botella desde la capa física hacia la gestión de red y el procesamiento de datos, lo que exige nuevas soluciones en protocolos, software y distribución interna de la información.

Redes que toleran la interrupción: la lógica DTN

En un entorno terrestre, las redes se diseñan bajo un supuesto básico: la conectividad extremo a extremo está disponible en todo momento. Incluso en escenarios degradados, protocolos como TCP/IP operan sobre la expectativa de que el enlace puede restablecerse en milisegundo, pero en el entorno cislunar este supuesto deja de ser válido ya que las interrupciones forman parte del comportamiento normal de la red debido a ocultaciones orbitales, distancias y las limitaciones físicas del medio.

En este contexto, Artemis II introduce Delay/Disruption Tolerant Networking (DTN), una arquitectura que replantea los principios clásicos de red. En lugar de basarse en sesiones activas, DTN adopta una lógica similar a la de sistemas de mensajería diferida o colas persistentes. De este modo, cada nodo de la red actúa como un punto de almacenamiento que conserva los datos hasta que existe una ruta disponible hacia el siguiente salto.

El comandante de la misión Artemis II y astronauta de la NASA Reid Wiseman contempla la Luna desde una de las ventanas principales de la cabina de la nave espacial Orión, antes del sobrevuelo lunar de la tripulación el 6 de abril de 2026

Asimismo, el modelo se articula sobre el Bundle Protocol, que opera como una capa de abstracción por encima de los protocolos de transporte. Los datos se encapsulan en “bundles” que pueden atravesar distintos enlaces y tecnologías sin necesidad de mantener continuidad de sesión. En este sentido, el funcionamiento se aproxima más a una red orientada a objetos o mensajes que a un flujo continuo de paquetes IP.

Además, DTN introduce el concepto de transferencia de custodia, que traslada la responsabilidad de entrega de un nodo a otro. Este mecanismo elimina la necesidad de retransmisiones extremo a extremo, lo que resulta clave en escenarios donde la latencia puede medirse en segundos o minutos. Desde una perspectiva de ingeniería de red, este enfoque distribuye la fiabilidad a lo largo de la topología, en lugar de concentrarla en los extremos.

Fuente: NASA

Otro factor crítico es la asimetría de enlace. En Artemis II, el canal descendente presenta una capacidad muy superior al ascendente, con diferencias que pueden alcanzar ratios de 2.800 a 1. Esta relación condiciona la señalización de control, ya que los acuses de recibo pueden saturar el canal de subida. Para resolver este problema, el sistema incorpora técnicas de compresión de señales de custodia que reducen el volumen de confirmaciones y optimizan el uso del uplink.

En este sentido, DTN introduce un cambio relevante en la gestión de la latencia ya que deja de intentar minimizar el retardo para operar de forma eficiente dentro de él. Así, la transmisión se organiza en función de ventanas de conectividad conocidas, lo que permite planificar el flujo de datos de forma determinista. Este enfoque resulta más cercano a modelos de networking en entornos intermitentes, como redes tácticas o sistemas edge con conectividad limitada.

Asimismo, esta arquitectura constituye la base de LunaNet, una futura red interoperable en el entorno lunar en la que Artemis II actúa como primer despliegue operativo de este modelo, donde la conectividad se define por la capacidad de preservar y entregar datos en condiciones de desconexión recurrente. En consecuencia, el concepto de red evoluciona desde la conectividad continua hacia la resiliencia distribuida.

El sistema nervioso de Orion

En Artemis II, el software se sitúa en el centro de la arquitectura operativa. La distancia con la Tierra introduce latencias que impiden cualquier control en tiempo real, lo que obliga a trasladar la toma de decisiones al propio sistema embarcado. En este contexto, la fiabilidad del software deja de ser un atributo deseable y pasa a ser una condición imprescindible para la seguridad de la misión.

Para garantizar este comportamiento, la cápsula Orion utiliza un sistema operativo de tiempo real, INTEGRITY-178B, alineado con estándares de aviónica como ARINC-653. Esta arquitectura implementa particionamiento robusto, que aísla aplicaciones tanto en memoria como en tiempo de CPU. De este modo, cada función crítica opera en un entorno controlado, sin interferencias de otros procesos.

Además, el sistema impone un modelo determinista de ejecución. Cada tarea dispone de una ventana temporal definida, lo que elimina variaciones en los tiempos de respuesta. Este enfoque contrasta con el software convencional, donde la planificación depende de condiciones dinámicas. En este caso, la previsibilidad se convierte en un requisito operativo.

La Tierra vista desde Artemis II. Fuente: NASA/Reid Wiseman

Asimismo, la arquitectura incorpora redundancia a nivel de cómputo. Los ordenadores de vuelo operan en paralelo y aplican una lógica de desconexión automática ante cualquier discrepancia. Este mecanismo permite aislar errores provocados por radiación o fallos de memoria sin afectar al conjunto del sistema. Además, se integra un software de respaldo independiente, basado en hardware y sistemas distintos, lo que refuerza la resiliencia frente a fallos comunes.

En este sentido, la gestión de datos dentro de la nave requiere una red interna capaz de garantizar latencias constantes. Para ello, Orion emplea TTEthernet, un estándar que permite controlar el tráfico de forma determinista: el sistema clasifica la información en distintas prioridades. Por un lado, las comunicaciones críticas disponen de ventanas temporales fijas. Por otro, los datos secundarios utilizan el ancho de banda restante. De este modo, se evita cualquier interferencia entre sistemas esenciales y no esenciales.

Nave Orión

Además, la red se apoya en tres planos independientes, lo que asegura la continuidad del servicio incluso ante fallos múltiples y los sistemas de conmutación actúan como mecanismos de protección, aislando nodos defectuosos que puedan comprometer la estabilidad global.

A medida que los cuatro tripulantes de Artemis II se deslizan tras la cara oculta de la Luna, el silencio de Michael Collins ya no los estará esperando. En su lugar, habrá un haz de luz infrarroja portando datos, voces y presencia. Al convertir el vacío en una red y la soledad en un nodo, la humanidad no solo está volviendo a la Luna; está extendiendo su sistema nervioso por el cosmos. El Internet interplanetario es, en última instancia, la promesa de que, por lejos que viaje nuestra especie, nunca más volverá a estar sola en la oscuridad.

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